Terror a 47 metros: el segundo ataque

Terror a 47 metros: el segundo ataque

Terror a 47 metros: el segundo ataque, una secuela monótona y poco creíble

Por: Marco González Ambriz

Terror a 47 metros: el segundo ataque. Esta nueva cinta sobre tiburones que se alimentan de gente poco precavida es una señal de que este subgénero del cine de terror está a punto de agotarse.

Hace un par de años la película británica Terror a 47 metros se convirtió en la segunda producción independiente más taquillera de 2017. No había nada en ese proyecto para sugerir que llegaría ser uno de los ejemplos más exitosos del subgénero de tiburones que se ha puesto tan de moda en los últimos años. Hace bastante tiempo que Mandy Moore, su actriz protagónica, dejó de estar en el candelero y el director Johannes Roberts tampoco goza de gran renombre entre los fans del cine de horror.

Los productores le tenían tan poca fe a Terror a 47 metros que estuvieron a punto de estrenarla en DVD y Video on Demand, hasta que otra compañía adquirió los derechos y decidió lanzarla en cines. Una segunda parte era, por lo tanto, inevitable, aunque ya sin la presencia de Mandy Moore. Después de todo no había manera de justificar que su personaje tuviera tan mala suerte como para quedar atrapada bajo el agua entre tiburones hambrientos en dos ocasiones distintas. Quienes sí están de vuelta son Johannes Roberts y su coguionista Ernest Riera.

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Para la secuela Terror a 47 metros: el segundo ataque, los papeles principales recayeron en cuatro jóvenes actrices, de las cuales tres debutan en el cine con esta película. El hecho de que dos de las debutantes sean hijas de actores famosos nos indica que el nepotismo sigue estando vigente en Hollywood. Ellas son Corinne Foxx (hija de Jamie) y Sistine Stallone (hija de Sylvester). La otra novata es Brianne Tju y la única del cuarteto con experiencia en los foros de filmación es Sophie Nélisse, con varias películas y series de televisión en su haber.

Antes de llegar al agua y los tiburones, los guionistas sienten la obligación de explicarnos la relación entre estos cuatro personajes, de cómo una de ellas es bulleada por sus compañeras en la prepa y de cómo su media hermana siente la obligación de invitarla a pasar la tarde con sus amigas en un cenote que es conocido sólo por los arqueólogos que trabajan en la exploración de una ciudad maya ahora sumergida.

La verdad es que tanto preámbulo no era necesario porque una vez que las chicas toman la muy tonta decisión de apoderarse del equipo de buceo de los arqueólogos para visitar las ruinas se vuelve imposible identificarlas. Las máscaras de buceo ocultan su rostro y la comunicación radial no ayuda a distinguir sus voces. Además, Roberts y Riera hacen todo lo posible porque el espectador no sienta empatía por las chicas, empezando por hacer que destruyan un sitio arqueológico por pura torpeza.

Otras películas de terror subacuático nos hacían simpatizar con sus protagonistas porque las mostraban como mujeres capaces de tomar decisiones inteligentes y aprovechar al máximo los recursos a su alcance. Ejemplos recientes son Infierno en la tormenta, que comentamos aquí en Touch, Miedo profundo, donde Blake Lively peleaba con un tiburón blanco, e incluso Terror a 47 metros: el segundo ataque, que a pesar de todas sus fallas nos presentaba a dos chicas que reaccionaban con cierta lógica a la presencia de los escualos y a los peligros de la narcosis por nitrógeno. Las cuatro protagonistas de esta secuela hacen lo opuesto.

No es nada fácil filmar escenas submarinas en espacios tan cerrados, pero eso no es suficiente para disculpar al director Johannes Roberts, quien nunca encuentra la manera de mostrar los ataques de los tiburones con algo de suspenso. Los depredadores simplemente aparecen de repente a cuadro cuando es conveniente para el guión o cuando el público empieza a aburrirse.

La única decisión acertada de Roberts llega al final, con un irónico giro en la trama que sería una buena despedida para personajes que nunca fueron agradables, pero esto solo da pie a una inverosímil escena de acción que, esperemos, sea el punto final de esta franquicia.

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