Rambo: Last Blood, el veterano de Vietnam se despide con su aventura más genérica

Rambo: Last Blood, el veterano de Vietnam se despide con su aventura más genérica

Por: Marco González Ambriz

El icónico héroe de acción de los ochenta se despide de las pantallas con la peor de sus cinco películas, una historia demasiado simple, llena de estereotipos y que tarda mucho en darle al público lo que espera de John Rambo.

En esta parte del mundo tenemos la suerte, supongo, que la quinta y al parecer última entrega de Rambo se exhibe con diez minutos adicionales, gracias a que incluye un prólogo que se suprimió en Estados Unidos, Canadá y el Reino Unido. En dicha secuencia John Rambo participa como voluntario en la búsqueda de varios excursionistas perdidos en una tormenta, lo cual establece su disposición para ayudar a los desvalidos y también su sentimiento de culpa al no ser capaz de salvarlos a todos.

No es extraño que en otros países esto se haya omitido, pues realmente no aporta nada a la trama principal y en cualquier caso la idea de explorar los conflictos psicológicos del personaje se estrella contra un guión que es torpe, simplón, con diálogos de comicidad involuntaria y que fracasa porque en ningún momento dudamos que Stallone va a eliminar a los bad hombres que invaden su rancho en Arizona.

La película, de hecho, es como una secuela sangrienta de Mi pobre angelito más que una continuación de la inesperadamente satisfactoria Rambo de 2008, que tomaba al gobierno militar de Birmania como sparring para el famoso veterano de Vietnam, quien con todo y sus 61 años a cuestas apenas tenía problemas para despedazar, literalmente, a las tropas que victimizaban a las minorías étnicas de ese país.

Con Rambo: Last Blood muchos críticos estadounidenses se han indignado en nombre de los mexicanos, según esto porque la película justifica la retórica racista de Trump. Pero es difícil tomar en serio una historia que está tan mal construida y que en ningún momento trata de ocultar que está tomando un fenómeno real, el de las redes criminales de trata de personas, como pretexto para la secuencia final donde Stallone, que ya está más cerca del arpa que del piano, imita a Don Alejo Garza, el ranchero de Tamaulipas que tomó las armas para defender su propiedad de los Zetas.

Para llegar a ese punto la película se inventa a un par de nuevos personajes, interpretados por Adriana Barraza e Yvette Monreal. Esta última interpreta a Gabrielle, una especie de sobrina adoptiva que desobedece a Rambo cuando éste le prohíbe viajar a México en busca del padre que salió a comprar cigarros diez años antes y nunca regresó. Dicho y hecho, a la inocente Gabrielle le basta con poner un pie en territorio mexicano para caer en las garras de los tratantes de blancas, como les sucedía a las turistas de visita en Europa en Taken.

Una de las razones por las que Rambo: Last Blood es tan frustrante es que el personaje principal está casi irreconocible. Es natural que a los 72 años Stallone ya no pueda hacer lo mismo que cuando filmó los episodios naturales, pero eso no explica por qué el John Rambo de este capítulo es tan ingenuo, al grado de que su estrategia inicial para liberar a su sobrina adoptiva es presentarse en el cubil de los malvados y pedirles, si no es mucha molestia, que le devuelvan a Gabrielle.

Pasa un buen rato para que veamos a aquel Rambo experto en tácticas de guerrilla, capaz de superar a un enemigo más numeroso y mejor armado. Peor aún, la confrontación final, tal como la filma el director Adrian Grünberg, carece de tensión, ya que sin importar lo que hagan los criminales Rambo siempre está un paso delante de ellos, hasta rematar con un acto de violencia extrema que debía ser catártico pero que se queda en la mera caricatura.

Es cierto que aquello que hacía memorable al personaje de John Rambo se perdió desde la segunda película para cederle el lugar a la propaganda más descarada, pero aún así merecía retirarse de una forma más digna que con una producción tan desganada.

 

Trailer:

 

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