Nick Cave transforma la resignación en arte en su nuevo disco Ghosteen

Nick Cave transforma la resignación en arte en su nuevo disco Ghosteen

La noticia de que Arthur, el hijo adolescente de Nick Cave, había muerto en un accidente a los 15 años, cuando cayó de un acantilado después de tomar LSD, fue tan impactante que muchos le atribuyeron a esa tragedia el estilo que predominaba en su disco Skeleton Tree, que fuera editado un año más tarde y que se distinguía por una orquestación sobria, que le daba a la voz del cantante un tono aún más melancólico.

Y sin embargo, el mismo Nick Cave ha mencionado en varias ocasiones que Skeleton Tree ya estaba en proceso cuando Arthur murió, por lo que sería más correcto pensar en Ghosteen como la primera obra concebida íntegramente después de aquel suceso.

Este disco doble se anunció además con una discreción poco habitual para estos tiempos, donde cada lanzamiento viene precedido de varios sencillos y conocemos muchos de los detalles con meses de anticipación. En cambio, supimos del estreno de Ghosteen apenas unos días antes de que estuviera disponible en streaming (las copias físicas podrán adquirirse a partir de noviembre), a través de The Red Hand Files, un espacio virtual donde el legendario cantante australiano responde a las preguntas de sus admiradores.

Cuando un fan británico le preguntó cuándo podríamos esperar un nuevo disco suyo la respuesta que obtuvo, a fines de septiembre, fue que Ghosteen llegaría en unos cuantos días. Igualmente inesperada fue el arte del disco, una ilustración como de cuento de hadas que no estaría fuera de lugar como portada de La Atalaya.

Al escuchar Ghosteen lo primero que notamos es que los arreglos son aún más minimalistas que en Skeleton Tree, siguiendo así una tendencia que empezó en 1997 con la sencillez de The Boatman’s Call, el disco que contenía clásicos indiscutibles como “Into My Arms” o “Brompton Oratory”.

Los Bad Seeds siguen respaldando a Nick Cave, el entendimiento entre el cantante y Warren Ellis, coproductor y coautor de varias de las canciones, es absoluto y esto se traduce en una serenidad que podemos calificar incluso de espiritual, ya sin la tentación de lo narrativo y sin las referencias a la cultura contemporánea.

La excepción a esa regla está en el primer corte del disco, “Spinning Song”, que menciona a Elvis Presely pero que de inmediato imita el lenguaje de las fábulas para llegar a un mensaje atemporal. “Bright Horses” tiene un vocabulario más poético, que habla de caballos de amor de crines encendidas, pero que a continuación nos habla de esperanzas vanas en un mundo lleno de crueldad, antes de llegar a la conclusión de que eso no significa que no podamos creer en algo.

La tristeza que impregna cada momento de Ghosteen no se interpone en el camino de la esperanza, la empatía y la fe. Hay momentos tan emotivos como “Waiting For You”, donde vemos el lado más vulnerable del cantante, y otros, como “Leviathan”, donde las palabras se tornan simples, la voz se apaga y la emoción se traslada a los coros.

Ghosteen no es una obra que revele todos sus secretos en una sola escucha. Las letras nunca dejan de ser enigmáticas y aún en sus partes más apacibles se deja entrever un reclamo ante la pérdida.

No es una casualidad que la última sección de “Hollywood”, la extensa pieza que cierra el disco, haga alusión a la historia de Kisa Gotami, una de las más conocidas dentro del budismo, donde una mujer le pide a Buda que le devuelva la vida a su hijo muerto. Buda le dijo que lo haría cambio de una semilla de mostaza, pero ésta debía provenir de un hogar donde nadie hubiera perdido a un ser querido. Al buscarla la mujer encontró que en todas las casas que visitaba los habitantes habían tenido que lamentar una muerte y finalmente entendió que no hay nadie en el mundo que se libre de ese dolor.

 

 

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