Midsommar nos guía por el atractivo y el horror de los rituales paganos

Midsommar nos guía por el atractivo y el horror de los rituales paganos

Por: Marco González Ambriz

El año pasado el director Ari Aster deslumbró con La herencia del diablo, un debut en el largometraje que se colocó fácilmente entre las mejores películas de terror de los últimos tiempos. Aster se inspiraba en clásicos como El bebé de Rosemary para proponer una narrativa opresiva y claustrofóbica donde el horror se manifestaba a través de lo sobrenatural pero que tenía su punto de origen en algo tan cotidiano como los rencores de una familia disfuncional.

En Midsommar el director cambia de registro, al menos en apariencia. Pasamos del encierro doméstico a una comuna en Suecia, lo que de entrada involucra a un número de personajes mucho mayor que el núcleo familiar en proceso de desintegración de La herencia del diablo. Pasamos también de las sombras que invaden los rincones del hogar, en un sentido tanto figurado como literal, a la luz permanente del sol de medianoche, el fenómeno natural que en esa época del año y en esas latitudes acota la oscuridad de la noche y dificulta dormir, alterando también la percepción del paso del tiempo.

Aunque tiene un desarrollo lento y una buena parte de la historia transcurre en una aldea apacible, Midsommar tiene como punto de partida una tragedia que incide directamente en la relación entre Dani (Florence Pugh) y su novio Christian (Jack Reynor), un estudiante de antropología cuya tesis está en un punto muerto. Christian, de hecho, estaba pensando en dejar a Dani, pero no se atreve a hacerlo después de la pérdida que ella sufre y al final acaba invitando a su aún novia a pasar varios días en la aldea de Pelle junto con otros amigos, incluyendo al estudioso Josh, también antropólogo, y al fiestero e irrespetuoso Mark.

La tensión entre el grupo de invitados está presente desde antes que ellos lleguen a la comunidad de Pelle y esto los distrae de una ceremonia que se vuelve cada vez más extraña y amenazante. Algunos espectadores se pueden preguntar por qué Dani y los otros forasteros no hacen más por escapar de ahí, a lo que Aster, quien es también autor del guión, nos responde explicando los motivos que tiene cada uno de ellos para permanecer en el lugar y no preocuparse demasiado aún cuando otros visitantes desaparecen sin que los aldeanos puedan explicar su ausencia de forma convincente.

Lo que en los primeros días de su estancia se puede explicar como las tradiciones de una comunidad aislada, y que por lo tanto es de gran interés para los jóvenes antropólogos, llega a un punto de no retorno cuando presencian una ceremonia que es la consecuencia inevitable del sistema de creencias de la aldea, donde cada miembro de la comunidad cumple un papel y forma parte de un ciclo bien definido.

Gran parte del horror de Midsommar se deriva de la seguridad que tienen Pelle y los suyos de que están haciendo lo correcto, honrando a sus ancestros y viviendo en armonía con la naturaleza, aunque para el espectador promedio estos ritos funerarios y de fertilidad resulten inexplicables y grotescos. Tanto como debieron serlo para los misioneros cristianos que hace mil años buscaron desplazar al paganismo, muchas veces aliándose con reyes locales que reprimían con violencia a los que se negaban a convertirse a la nueva religión.

Midsommar toma los elementos típicos de la fiesta del solsticio de verano, como los banquetes y los bailes folklóricos, para recordarnos que estas diversiones inocentes tienen su origen en rituales mucho más oscuros. Es una película de horror inusual porque el arte tradicional de los habitantes de la aldea resulta más perturbador que las escenas sangrientas, que también las hay, y porque las coreografías, donde participan todos los habitantes de la comunidad, transmiten un estado de histeria colectiva que es a la vez una forma de empatía que trasciende la comunicación racional a la que estamos acostumbrados.

Es indudable que Midsommar tiene una deuda con películas de culto como The Wicker Man o relatos como The Lottery, de Shirley Jackson, pero aunque el viaje pueda ser familiar la maestría con la que Ari Aster va presentando cada situación, hasta llevarnos a un final desquiciante, lo confirma como uno de los directores más importantes del horror contemporáneo.

 

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