Los Pixies revelan su lado más gótico en Beneath the Eyrie

Los Pixies revelan su lado más gótico en Beneath the Eyrie

En su séptimo disco, y el tercero desde su reunión, los Pixies hablan de muerte, brujería y leyendas populares, acercándose al rock gótico y recuperando un poco de la energía de su primera etapa.

Beneath the Eyre es tal vez el mejor ejemplo de lo difícil que es para una banda consagrada elegir un camino cuando ya no deberían tener ninguna necesidad de quedar bien con sus fans y con la crítica. ¿Extienden su sonido en nuevas direcciones, aunque algunos de sus fans se sientan ilógicamente traicionados, o se limitan a tocar sus clásicos, aunque los mismos fans se quejen de que su grupo favorito se convirtió en una rockola?

Para complicar más las cosas los Pixies han estado trabajando en los últimos años sin la bajista fundadora Kim Deal, quien renunció antes de que la banda grabara nuevo material, además de atravesar problemas personales desde la grabación de su disco anterior hace un par de años: Black Francis se divorció y Joey Santiago tuvo que internarse en una clínica de rehabilitación.

Con todo eso en contra hay que decir que las expectativas sobre este nuevo disco eran, por decirlo de forma amable, no muy altas. Y sin embargo Beneath the Eyre es un álbum sólido. Ya no están los cambios de ritmo y los arreglos inusuales de antaño, la voz de Francis es más grave (nada raro, a sus 54 años), lo cual crea un contraste bastante atractivo con los coros de Paz Lenchantin, y en general las canciones son más directas.

Solamente “Graveyard Hill” conserva la dinámica de los Pixies clásicos, que podían pasar en un instante de un sonido delicado al ruido más desquiciante. Esta es una de varias canciones coescritas por Lechantin, quien tiene una mayor presencia en este disco y que en ocasiones se apodera del micrófono, como sucede en “Los Surfers Muertos”, que por otra parte nos recuerda los experimentos con el Spanglish de años anteriores.

En cuanto a las letras hay una tendencia hacia lo narrativo, sobre todo en “Daniel Boone” o “SIlver Bullet”, que nos recuerda, toda proporción guardada, a Nick Cave. También es cierto que varios de estos tracks son apenas distinguibles de lo que Black Francis ha grabado en solitario, pero aún cuando se queda lejos de discos clásicos como Surfer Rosa o Doolittle, este un material digno y profesional de una banda que nunca se podrá liberar de las comparaciones con el pasado pero que no por ello está impedida de inaugurar una nueva etapa.

Fotografías: Travis Shinn

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