“Historias de miedo para contar en la oscuridad” nos dice por qué el cine de terror nos atrae tanto

“Historias de miedo para contar en la oscuridad” nos dice por qué el cine de terror nos atrae tanto

Esta adaptación de los relatos de Alvin Schwartz, producida por Guillermo del Toro y dirigida por el noruego André Ovredal, va dirigida a un público juvenil pero no por eso carece de fuerza. Es un cuento que aborda los miedos de la infancia de modo similar a It o Stranger Things, con una dosis similar de nostalgia.

Antes de que R.L. Stine publicara la serie Goosebums existió Alvin Schwartz con Scary Stories to Tell in the Dark y sus dos secuelas, que durante la década de los 80 fueron la introducción para muchos pequeños lectores en el género del terror, convirtiéndose en bestsellers en buena parte gracias a las ilustraciones de Stephen Gammell.

Si había alguien capaz de llevar esto al lenguaje del cine, sin deshonrar el recuerdo de sus aficionados, ese era Guillermo del Toro. Algo que distingue al jalisciense es involucrarse en tantos proyectos que algunos se posponen indefinidamente y otros recaen en manos de otros cineastas. Esto último fue lo que sucedió con Scary Stories, aunque el director que quedó a cargo de la adaptación es alguien que ha demostrado ampliamente su pericia para el horror.

En 2010 André Ovredal nos sorprendió con Troll Hunter (Trolljegeren), que retomaba el formato del falso documental, al estilo de La bruja de Blair, pero dándole un giro satírico muy divertido. Su siguiente película notable en el género fue La morgue (The Autopsy of Jane Doe), que con una sola locación y tres personajes, uno de ellos inanimado, creaba una atmósfera de miedo que se volvía casi insoportable.

Fue esta última película la que estableció el contacto entre los dos cineastas, cuando Del Toro manifestó su admiración por lo que había hecho Ovredal y el noruego le respondió via Twitter. Cuando Del Toro le cedió la dirección de Scary Stories a Ovredal lo hizo con la aclaración de que el proyecto le pertenecía. Fue solamente en postproducción cuando Del Toro intervino para acortar la cinta y darle más agilidad.

Para unificar los distintos relatos de Schwartz, que en los libros originales no pertenecen a ninguna época en particular, el libreto en el que trabajó Del Toro transcurre en 1968 y tiene como protagonistas a un grupo de amigos adolescentes que encuentran un libro maldito, escrito en sangre, que cuenta historias horribles que se vuelven realidad.

Es casi inevitable que el formato de la película nos recuerde a Stranger Things y en particular a It, por el peso que los miedos particulares de los personajes tienen en las manifestaciones de la entidad maligna. A pesar de que Ovredal se toma las cosas con seriedad algunos de los episodios de Scary Stories funcionan mejor que otros. La estructura de la cinta nos recuerda demasiado al slasher de los ochenta, donde los personajes son eliminados uno a uno, sobre todo porque no es difícil adivinar quienes quedarán al final.

No obstante, la decisión de Del Toro de ubicar el relato en 1968 le da una dimensión adicional a la historia, una que tiene mucho que ver con el afecto que él tiene por el género de terror y su conocimiento sobre la historia del mismo. Casi al inicio de la cinta uno de los personajes recibe la invitación para ver una función doble en el autocinema. Las películas en exhibición son The Terror, con Boris Karloff en un castillo abandonado, y Night of the Living Dead, la obra maestra de George Romero que inauguró el subgénero de zombies y de paso al moderno cine de terror.

No es una casualidad que en esta adaptación el paso de la infancia a la adolescencia coincida con una etapa de transición en el cine de terror. Hay una gran diferencia entre los cuentos de miedo relativamente amables donde muchos conocimos al conde Drácula, al doctor Frankenstein o al Monstruo de la Laguna Negra y el horror sádico y despiadado de la siguiente etapa, la del incontenible Michael Myers, la nueva carne de David Cronenberg o los psicópatas de Dario Argento.

Esa transición la experimentan por sí mismos los jóvenes protagonistas de la película, que en las primeras escenas se divierten disfrazándose para celebrar Halloween pero que al comprobar que sus miedos se están convirtiendo en realidad se muestran realmente aterrados. Así, Del Toro y Ovredal establecen una diferencia muy clara entre el miedo como entretenimiento, cuando es fácilmente domesticado, y el horror como algo real, que se sale del control de los personajes y les hace sentir indefensos.

Gracias a este detalle la película trasciende su origen como una simple adaptación de historias que nos resultan familiares, y de paso supera las similitudes con otras obras recientes, para convertirse en una inteligente reflexión sobre las diferentes etapas del cine de terror y de cómo nos afectan. Nada mal para una película de clasificación PG-13 (B, en México), algo que casi siempre es sinónimo de horror descafeinado.

 

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