Había una vez en Hollywood, la versión alternativa de Tarantino sobre el fin de los 60

Había una vez en Hollywood, la versión alternativa de Tarantino sobre el fin de los 60

Por: Marco González Ambriz

 

El noveno largometraje como director de Quentin Tarantino, y el penúltimo si es cierto que sólo piensa dirigir diez películas antes de retirarse, es algo más que un simple ejercicio de nostalgia por un Hollywood que ya no existe. Es también un ajuste de cuentas con los responsables de un crimen que puso fin al optimismo de los años 60.

La obra de Quentin Tarantino está tan influida por el cine que devoró en su época como humilde empleado de videoclub que lo más sorprendente de Había una vez en Hollywood es que se haya tardado tanto en filmarla. Previamente había citado escenas directamente de ignotas películas japonesas e italianas, ganándose incluso acusaciones de plagio, aunque al mismo tiempo nadie puede negar su talento como dialoguista y su buen gusto para armar los soundtracks.

No obstante, lo más cerca que había estado Tarantino de hacer una película sobre la industria del cine había sido la segunda mitad de A prueba de muerte. Al proponer como escenario un periodo de transición en la historia de Hollywood Tarantino se permite recrear varios días en el Los Ángeles de 1969, con una gran atención al detalle pero también con cierta tendencia a exagerar en la cantidad de referencias a elementos de la cultura popular, que ahora se expande para admitir programas de televisión y anuncios de radio.

Los cínicos podrán decir que era indispensable incluir todas esas alusiones pasajeras a películas como Lady in Cement o The Night They Raided Minsky’s, o series de televisión como El Avispón Verde o Bonanza, porque estamos hablando de una película de casi tres horas donde no pasa nada hasta los últimos treinta minutos. De alguna manera había que matar el tiempo antes del violento desenlace.

La primera vez que la vi tuve esa misma impresión, y sin embargo, a diferencia de Django sin cadenas o Los ocho más odiados, esta vez sí me quedaron ganas de volver a visitarla a la brevedad. Es normal que se le preste más atención al director de una película que al editor, pero el peso específico de Sally Menke, responsable del montaje de todas las cintas de Tarantino hasta su muerte repentina por una insolación a fines de 2010, tal vez no ha sido debidamente aquilatado.

En sus dos largometrajes previos Tarantino había reemplazado a Menke con Fred Raskin, quien fuera su asistente en Kill Bill, sin alcanzar el mismo nivel de energía que había sido su marca distintiva. Ahora, con la madurez que dan los años, Tarantino ya no está intentando recrear la química que tenía con Menke sino que opta por un ritmo más relajado para de esta forma destacar la personalidad de sus tres personajes principales: la inseguridad del actor en decadencia Rick Dalton, la indolencia del stuntman convertido en asistente personal Cliff Booth y la sencillez de Sharon Tate.

De los tres la única que está basada en una persona real es Tate. Tanto Rick Dalton como su mejor amigo Cliff Booth son personajes inventados que le sirven al director para ilustrar la confusión del viejo Hollywood ante la creciente popularidad de la televisión, las incomprensibles modas juveniles (ilustradas por los hippies que Rick detesta) y la renovación de la industria del cine gracias a cineastas como Roman Polanski, quien aquí es visto al lado de su esposa Sharon Tate pero queda como un personaje muy secundario, que prácticamente carece de diálogos.

Esto último vale la pena mencionarlo porque cuando Había una vez en Hollywood se estrenó en el festival de Cannes hubo una controversia estúpida (aunque no tanto como cuando algunos usuarios de Twitter enfurecieron porque Tarantino mencionó la palabra “ghetto” en los Golden Globes) porque la relativa escasez de diálogos de Margot Robbie supuestamente era una prueba de la misoginia rampante de Tarantino. Con poner un poco de atención a la película se puede comprobar lo contrario: que la simple presencia de Sharon Tate era tan expresiva del optimismo de los 60 que no hacían falta más explicaciones.

Por el contrario, los dos personajes masculinos, que están tan ligados entre sí que sus dos líneas narrativas en realidad forman una sola, viven rodeados de culpas, remordimientos y recuerdos incómodos que sólo pueden manifestar indirectamente, a través de los papeles que interpretan o ingiriendo alcohol como si no hubiera mañana. La autocompasión de Rick llega a la caricatura, en especial cuando comparamos sus problemas personales con el trágico final de Tate a manos del clan de Charles Manson. Una lectura descuidada de la película podría señalar a Cliff como un ejemplo a seguir, por su facilidad para la violencia y su lealtad hacia sus amigos, aunque Tarantino lo retrata como alguien que está pagando el precio de sus errores pasados y que no tiene futuro.

Es imposible hablar en detalle de los último treinta minutos de la película, donde el camino de Tate se cruza con el de Cliff y Rick, sin incurrir en spoilers. Lo que sí se puede decir es que hay un antecedente en Bastardos sin gloria, cuando Tarantino reescribió la historia para darle su merecido a los Nazis. El director ha mencionado que quería corregir la idea que se tiene de Sharon Tate, cuya vida se reduce en la memoria colectiva a su cruel asesinato, y para ello reorienta la violencia en un sentido más satisfactorio. Lo hace, además, con un manejo del suspenso que no disminuye aun cuando uno sabe exactamente lo que va a pasar.

Había una vez en Hollywood tal vez no sea la obra más lograda de Tarantino, en lo personal me quedo con Tiempos violentos, pero representa una mejora sensible con respecto a sus últimos largometrajes. Es una cinta que admite más interpretaciones de lo que se nota a primera vista y que nos hace pensar que Quentin Tarantino es un director que tiene todavía mucho que ofrecer. Ojalá que su anunciado retiro quede como falsa alarma y que Tarantino siga filmando por muchos años más.

 

 

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