Eso: capítulo dos, una secuela que es fiel a los defectos de la novela original

Eso: capítulo dos, una secuela que es fiel a los defectos de la novela original

Por: Marco González Ambriz

La continuación de la película de terror más taquillera de todos los tiempos decepciona a causa de una trama repetitiva y actuaciones deslucidas, a pesar de recrear con fidelidad muchas escenas de la novela original.

Las dos adaptaciones de la novela de Stephen King, tanto la miniserie de 1990 como estas dos películas, reestructuran la narración de modo que en la primera parte conocemos a los integrantes del Club de los Perdedores cuando son niños y en la segunda mitad vemos cómo regresan al pueblo de Derry para enfrentar de nuevo al payaso asesino Pennywise.

El consenso de crítica y espectadores es que en ambos casos la primera mitad supera a la segunda y eso debería ser suficiente para convencernos de que los problemas que les señalan a ambas adaptaciones -que se extienden demasiado, que los finales son anticlimáticos, además de la ya señalada- provienen de la novela y no son responsabilidad de los guionistas.

Creo que no somos pocos los lectores de It que por ahí de la página 600 o 700 estuvimos tentados a desistir porque ese es el punto donde se pierde el impulso inicial de la historia, donde la insistencia de King en describir con todo detalle el retorno de los Perdedores a Derry se vuelve fastidiosa y donde lo único que nos motiva a seguir adelante es averiguar si el escritor será capaz de crear un final satisfactorio, algo que hasta sus fans más entusiastas reconocen como su talón de Aquiles.

En la novela las revelaciones metafísicas y el cataclísmico final de Derry no sorprendían tanto al lector como la solución que se inventaba Stephen King para que los Perdedores salieran del laberinto. No creo que cuente como spoiler, en caso de que hayan leído la novela, si les digo que el guionista Gary Dauberman omitió esa escena, que si era cuestionable cuando se publicó el libro ahora, en la era del Time’s Up y #MeToo, es inconcebible.

Dauberman, por lo tanto, se apegó mucho a la novela, pero al mismo tiempo reconoció que había cosas que se podían corregir. Sin embargo, el Gary Dauberman que tenemos aquí es más similar al de Annabelle o La monja que al de la primera parte de It. Al inicio de la segunda película, donde conocemos a la versión adulta de los Perdedores, aparecen dos personajes que en la novela tienen un peso específico importante: la esposa de Bill, una actriz famosa que estelariza la más reciente adaptación fílmica de una de sus novelas, y el marido de Beverly, un tipo violento que confirma que ella no ha podido romper el ciclo de abuso que arrastra desde la niñez.

En esta adaptación, por el contrario, no los volvemos a ver después del prólogo y esto contribuye a que la historia se vuelva repetitiva. Afecta incluso a las actuaciones. Es bastante inusual que James McAvoy y Jessica Chastain no hagan un buen trabajo, pero en It los dos están muy deslucidos. McAvoy se sobreactúa al tener que expresar, una y otra vez, su culpa por no haber podido salvar a Georgie, a pesar de que eso ya se había resuelto en la película anterior. Por su parte, Chastain ofrece una de las actuaciones más grisáceas de su carrera porque el guión le regala mucho tiempo en pantalla sin darle nada que hacer, al grado que sale mal librada de la comparación con Sophia Lillis, quien aquí está de vuelta, junto con todo el elenco juvenil, gracias a unos flashbacks no hacen sino alargar más la película.

Otra decisión extraña de Dauberman y del director Andy Muschietti es olvidar un tema que en la primera película sí se tocaba. La indiferencia de los adultos ante los abusos hacia los más débiles, como una manifestación del mal que se apodera del pueblo, es algo que la secuela pasa por alto a pesar de sus casi tres horas de duración. El ataque homofóbico de la primera escena nos puede hacer creer que sí lo harán, pero a medida que la película avanza nos queda claro que los realizadores pusieron toda su atención en inventar nuevas manifestaciones para Pennywise, sin que ninguna de ellas tenga el impacto del cuadro de Modigliani o el leproso que aterrorizaba a Eddie de niño.

Los efectos especiales, de cualquier manera, son lo más rescatable de la película, incluso cuando hacen que el desenlace nos recuerde demasiado al de una producción de Marvel, y son junto con las actuaciones de Stellan Skarsgard o Bill Hader, y una que otra escena suelta que nos recuerda lo temible que puede ser Pennywise, lo mejor de una cinta que no cumple con lo que se esperaba. Quizá haya que esperar una miniserie con el formato actual y la libertad creativa que permite el streaming para que se puede hacer una adaptación definitiva de la novela de Stephen King. Pero sin sexo en las alcantarillas, por favor.

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