Annabelle viene a casa, pero se le olvidó traer los sustos

Annabelle viene a casa, pero se le olvidó traer los sustos

Por: Marco González Ambriz

La séptima entrega del universo cinematográfico de El conjuro vuelve a tener como antagonista a la muñeca demoniaca que conocimos desde el primer episodio, allá por 2013. Ahora Annabelle aterroriza a la pequeña hija de los Warren y a un par de adolescentes, en una historia sin sustos y que incluso llega a ser aburrida.

Los fans de El conjuro coinciden en que Annabelle es uno de los episodios más flojos en lo que ya es oficialmente una saga al estilo Marvel, con el matrimonio Warren como hilo conductor de toda la serie. En la vida real los Warren fueron expuestos como estafadores en más de una ocasión, algo que los guionistas de El conjuroverso obviamente han ignorado para darle más efectividad a cada cinta.

Al menos en teoría, porque en los últimos doce meses La monja y La maldición de la Llorona llegaron para disputarle a la primera Annabelle su lugar como la peor de la franquicia. De hecho, muchos fans optaron por brincarse la precuela, Annabelle 2: la creación, que curiosamente resultó ser una de las mejores cintas de todo El conjuroverso gracias al trabajo del director David F. Sandberg.

Menciono en particular a Sandberg y no al guionista Gary Dauberman, quien ha escrito cada película de Annabelle, porque es precisamente Dauberman el encargado de dirigir esta tercera parte y nos demuestra que no basta con conocer a fondo a los personajes para lograr un relato de terror efectivo.

Annabelle 3 es la primera cinta de Dauberman como director y su inexperiencia se vuelve más notoria por un par de decisiones cuestionables en el guión.

La primera de esas decisiones es traer de regreso a Vera Farmiga y Patrick Wilson. Ya sé que suena raro, porque esa ha sido la constante en casi todo El conjuroverso, donde los Warren deben tener una pequeña aparición antes de cederle el protagónico a otro personaje. No obstante, la presencia de Wilson y Farmiga en los primeros minutos no le hace ningún favor a las tres jóvenes actrices que son las verdaderas protagonistas del relato.

McKenna Grace, la más joven y quien interpreta a la hija de los Warren, es la que sale mejor librada en la comparación. A pesar de su corta edad nos presenta a un personaje complejo, que heredó las habilidades psíquicas de su madre y que por lo tanto nos recuerda al Haley Joel Osment de El sexto sentido.

Le acompañan Madison Iseman y Katie Sarife, con pocas tablas y con la dificultad adicional de tener que interpretar personajes planos y sin sentido común.

Es francamente desesperante ver cómo estos tres personajes carecen de cualquier instinto de preservación. En la primera mitad de la película cada una de las tres tiene una experiencia aterradora, después de que una de ellas hace lo que uno nunca debería de hacer cuando está de visita en una casa llena de objetos malditos, y la reacción de las tres es: “sí, bueno, ¿quién tiene hambre?”.

Gracias a esa indiferencia uno nunca cree que estén realmente en peligro, por más que Dauberman incluya a todos los fantasmas que los Warren han combatido en su carrera, entre ellos un hombre lobo espectral, un juego de mesa embrujado (¡en serio!) y al barquero infernal que transportaba las almas de los muertos en la mitología griega.

El director debutante, a diferencia de Sandberg en Annabelle 2, nunca logra generar una atmósfera de miedo, por lo que el público, lejos de contagiarse del terror de las protagonistas, más bien se pregunta: “¿Qué clase de Jumanji es este?”. Muchos gritos, mucho correr de un lado a otro y también mucho aburrimiento porque no hay tensión.

En realidad, lo más terrorífico de Annabelle 3 es la posibilidad de que los productores quieran tomar como pretexto todos los casos investigados por el matrimonio Warren, falsos o no, para hacer una serie que amenaza con volverse interminable y que nos hace entender que el verdadero fantasma del cine de terror es la sobreexplotación.

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